En una primera etapa, la Iglesia estaba liderada por Pablo, cuyo pensamiento escatológico impregno a todo el movimiento. Este pensamiento tuvo dos fases una primera de premura, de una inminente vuelta del Jesús resucitado, a otra donde la esperanza no se pierde pero se aleja, la cual tendió a legitimarse con una teología y un espíritu misionero. Este nuevo enfoque permitió al cristianismo primitivo, salvar la crisis de la parusía siempre aplazada. Se entendió que el evangelio debía predicarse hasta el fin del mundo por lo cual era necesario más tiempo. "Dios dilata llevar a cabo la destrucción y confusión del universo, a causa de la semilla de los cristianos recién arrojada al mundo" (Justino, Diálogos, 31,2), Tertuliano a finales del siglo II, afirmaba que los cristianos piden a Dios por el emperador y porque retrasase el tiempo final. Se paso de una gran tensión escatológica, que favorecía la crítica y la resistentica respecto del entorno judío y romano, a una progresiva integración en el Imperio, al que se buscaba evangelizar como paso necesario antes del final.
El cristianismo recorrió un largo camino desde sus orígenes marginales, estigmatizados y contraculturales hasta convertirse en una religión oficial en el Imperio. El resultado fue la cristianización del Imperio romano y la helenización y romanización del cristianismo. De toda esa síntesis surgió Occidente.
Esta tensión escatología explica también la ausencia de estructuras, instituciones y cargos en la época de Jesús. La comunidad inicial estaba muy poco estructurada. Se vivía en una época carismática, en la que la autoridad moral del fundar y la vinculación personal con el eran lo determinante.
La muerte y el anuncio de la resurrección de Jesús marcaron el final de la comunidad de discípulos y el inicio del proceso hacia la Iglesia. Primeramente, el mensaje de Jesús se fue adaptando a todo tipo de públicos, siendo esto la prueba tangible de su universalidad. De la preferencia por los pobres y pecadores como destinatarios primarios de su mensaje, se dio paso al anuncio a Israel, en su conjunto, y luego, a los gentiles. La parusía del Crucificado, la segunda venida del Cristo triunfante, desbanco a la esperanza primera de una venida del Reino de Dios sobre Israel, para desplazarse desde aquí a todo el ecúmene. La comunidad primigenia oscilaba entre el triunfalismo del reino de Cristo, como salvación ya presente y la idea de que el reino esta en conflicto perpetuo con los poderes de este mundo, alentado por el maligno, hasta la llegada de Cristo por segunda vez.
Ante esta situación peculiar, las comunidades primitivas que dieron lugar al nacimiento de la Iglesia, pusieron su acerbo en el carácter carismático de sus líderes, pero a la muerte de estos líderes herederos a su vez del espíritu de Jesús, comenzaron de nuevo los problemas. Estos problemas eran de índole organizativa. Las comunidades primigenias estaban preparadas ya para dar el salto y convertirse en Iglesias. Ya no tenían una clara identidad respecto del judaísmo y el paganismo y la carencia de estructuras, autoridades e instituciones claras, se fue solventando, gracias ante todo, a la idea griega, sobretodo estoica, de un cuerpo social en el que hay muchos miembros que sirven a una institución con un ideario programático, cuyo fin máximo, es Cristo, sus enseñanzas así como un espíritu universalista, de esta manera se asentaron las bases de lo que sería la futura Iglesia cristiana.
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