Quienes son los Padres Apologetas, son los Protectores de la fe, son los escritores eclesiásticos que, una vez pasado el tiempo más cercano a los Apóstoles y a sus discípulos inmediatos, recogieron la antorcha de la enseñanza evangélica y la transmitieron a los grandes Padres de la Iglesia de los siglos IV y V. Se trata de una época especialmente interesante, pues estos hombres tuvieron que hacer frente a graves peligros, que amenazaban —cada uno a su modo— la existencia misma de la Iglesia. Esta denominación tiene su origen etimológico en la palabra griega «apologhia» que significa defensa. Los apologetas desarrollaron la defensa del cristianismo, convirtiéndose asi en los primeros teólogos de la Iglesia.
Éstos en gran parte eran laicos que provenían del paganismo. Se trataba de hombres cultos que asumieron la filosofía helenística, pero dando por sentado que el cristianismo es superior a la filosofía. Especialmente Platón fue fuente de inspiración para la tarea de los apologetas. Son estos Padres los que comenzaron a utilizar el concepto de Logos para referirse a Cristo, siguiendo la doctrina paulina y joánica de considerar a Cristo como «sabiduría del Padre».
Muchos de sus escritos iban más allá de la utilización de la apologética para demostrar que el cristianismo era una religión inofensiva y que ésta contenía lo mejor de la civilización y del Imperio Romano. Había además una verdadera intención misionera, con el propósito de que la fe cristiana fuera abrazada por más personas. En sus obras encontramos exposiciones de la transformación moral operada por la religión de Cristo, de la pureza de las nuevas costumbres, de la caridad de los cristianos, afirmando que la fe es una fuerza de primer orden para el mantenimiento y bienestar del mundo y necesaria para la civilización.
Entre estos Padres destacan Justino (165), la apología a Diogneto (redactada a fines delsiglo II), Ireneo de Lyon (202), Hipólito de Roma (236), Tertuliano (221), Minucio Félix (Siglo II) Cipriano de Cartago (258) y Lactancio (320). Formando la «Escuela de Alejandría» podemos mencionar a Orígenes (254) —el padre de la Teología—, Clemente de Alejandría (215), Panteno (216).; y de la «Escuela de Antioquía», Luciano (312).
Estos Padres tuvieron que hacer frente a graves peligros, a continuación esbozamos un breve resumen. Hacia la mitad del siglo II surgen imprevistamente una media docena de corrientes que turban a la Iglesia, las cuales carecían de fundamentos o enlace con el espíritu tradicional del cristianismo. Se trata fundamentalmente de dos corrientes: el gnosticismo y el montanismo (denominado así a causa de su fundador, Montano). Mientras el primero es partidario de un cristianismo adaptado al ambiente cultural-religioso del momento —y por tanto, vaciado de su contenido estrictamente sobrenatural—, los montanistas predicaban la renuncia total al mundo y esperaban de un momento a otro el fin de todas las cosas, proponiendo a los cristianos el alejamiento por completo del mundo, el cual era concebido como lugar de perdición.
Las corrientes gnósticas constituyeron el primer intento sistemático de dar una explicación racional de la fe. Para tal fin, no dudaron en mutilar gravemente los libros sagrados, rechazar arbitrariamente los pasajes que les estorbaban e inventaban revelaciones de las que sólo ellos eran depositarios, al margen de la Jerarquía de la Iglesia. Ese espíritu gnóstico, en formas diversas, ha estado siempre presente en la historia, aún en la actualidad.
En esta época también encontramos la herejía docetista —combatida por Ignacio de Antioquía(107)—, la cual negaba la humanidad de Cristo. Nuestra fe es bien clara: Cristo es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. Asimismo, surgió otra corriente herética denominada novacianismo. Novaciano, su creador, sostenía que la apostasía era un pecado irremisible y que los lapsi —en latín «caídos»— nunca podían ser readmitidos a la comunión de la Iglesia, ni siquiera a la hora de la muerte. Sostenía, además, que la Iglesia debía formarse sólo por los enteramente puros y negaba, como los montanistas, que la idolatría, el adulterio y el homicidio pudieran perdonarse.
Sumada a las herejías, se presentó una oposición creciente a la religión cristiana a través de nuevas persecuciones de los emperadores romanos, odiosas calumnias del vulgo y la reacción intelectual de paganos cultos en contra de los cristianos.
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