Vamos a comenzar hablando de las comunidades primitivas que fueron el embrión de la Iglesia. Las fuentes sobre ellas intercalan historia y teología, recopilan datos y los funden con reflexiones éticas y consejos ejemplarizantes. Los primeros escritos no pretenden informar sobre la historia, sino mostrar a las futuras iglesias el modelo de lo que deben y no deben ser. Narran lo que ocurrió, a la par que proponen un modelo de identidad.
El hecho histórico es narrado e idealizado basándose en la realidad, pero modificado idealmente con el fin de que sirva de ejemplo. Se trata por tanto de un relato contando desde la fe con pretensiones exhortativas, testimoniales y teológicas. Suele mezclarse la hagiografía con el relato modélico y la historia se cuenta con fines edificantes. Recordemos siempre que son los protagonistas de los acontecimientos quienes directamente o a través de otros escriben lo que ocurrió, pretendiendo ofrecer a los lectores ejemplos para resolver sus conflictos.
El movimiento de Jesús fue un grupo carismático y profético, con claros rasgos heréticos y cismáticos respecto de la religión oficial hebrea. Su comprensión del judaísmo se baso en un nuevo enfoque de la Escritura, de la tradición y de las leyes en función de una renovada concepción de Dios que contrasta con los rasgos severos, legalistas y judiciales de la ortodoxia judía de su tiempo.
Un aspecto muy importante a tener en cuenta y que quiero reseñar de manera sucinta, es el que versa sobre le evolución desde Jesús hacia la Iglesia. Este camino está marcado, por tres acontecimientos de vital importancia, que señalan altos y quiebras.
Por una parte, hay que atender a la conexión entre Jesús y las incipientes comunidades. Es decir, hay que atender a la contribución de Jesús al cristianismo, aunque el estrictamente no fundara ninguna iglesia. En un segundo punto a tratar, hay que prestar atención a las diferencias entre la rama cristiana palestinense y la helenista, preponderante en las colonias judías del orbe romano. Finalmente hay que estudiar las relaciones internas entre las comunidades judeo-cristianas, con sus dos ramas palestinense y helenista, y las iglesias de gentiles, es decir, de la mayoría no judía. El cristianismo se basa en una doble división dualista: judíos y paganos, dentro del Imperio Romano, y palestienenses y helenistas dentro del judaísmo.
Estos tres ámbitos de demarcación, están a su vez vinculados a dos rupturas temporales. Por un lado, la que se produjo con la muerte de Jesús y el anuncio de la resurrección, que marcó un antes y un después para la comunidad hacia los años 30. Por otro, la primera guerra judía (65-70), que estableció una censura fundamental en el mundo hebreo y también en el movimiento cristiano, que se desligo del primero. Habría que añadir un tercer elemento importante, que a veces no es tratado con el suficiente rigor, la segunda guerra judaica, bajo el reinado de Adriano (117-138), que prácticamente acabo con el pueblo judío y con él debilito al núcleo de poder que representaba la Iglesia de Jerusalén, e inclino la balanza hacia el cristianismo de corte helenístico.
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